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El Gaucho

El Gaucho Argentino: Un Andaluz Acriollado.

»Es el gaucho un símbolo, unánime, desde los puntos más lejanos por donde campeó y donde desarrolló su grande gesta en dos galopes, cada uno de un siglo de duración, el primero tras las reses cimarronas, el segundo tras la libertad y la gloria en guerras intestinas y de independencia desde La Rioja al río Pardo, desde Salta al planalto de Piratiní, de Entre Ríos a las cuchillas de la República Oriental, de la pampa a la selva correntina. Un paradigma. Más allá de sus defectos o más acá de sus virtudes vitales y reales. Símbolo de valor másculo, de natural baquía ecuestre, de hidalguía, de apego al terruño, de caballeresca honorabilidad, de sencilla altivez, de cálida hospitalidad, de amor a la libertad, de indomable e indoblegable individualismo.»

(F. Assunşao)

Vestimenta del Gaucho Argentino

Vestían los gauchos de aquel tiempo (s. XVIII) una chaqueta corta, larga muy poco más de la mitad de la espina dorsal, con cuello y solapas, blanca camisa, corbata o pañuelo a guisa de ella, chaleco muy abierto y prendido con dos botones casi sobre el esternón, dejando ver los caprichosos buches de la camisa entre él y el ceñidor.

Un pantalón hasta la rodilla, muy parecido al de los andaluces, con un entorchado a la altura del bolsillo y abotonado con cuatro ojales sobre la rodilla, destacaba un calzoncillo de hilo o de lienzo hasta el suelo, flecado y bordado de tablas.

Usaba botas de potro con sus correspondientes espuelas, cuchillo o navaja al cinto, su largo poncho o manteo que generalmente doblaba sobre el brazo y no abandonaba el rebenque, objeto indispensable para los que están habituados a vivir sobre el caballo. Su sombrero era muy parecido al de nuestros días, más alto, más cónico hacia la punta y con el ala más corta y estrecha.

Como los actuales, gastaba recado, bolas y lazo. Algunos lucían sus ricos aperos y la mayor parte manejaba el alfajor (cuchillo de regulares dimensiones) con destreza sin igual. (En los siglos XVIII y XIX se llamaba comúnmente «alfajor» al facón típico del gaucho tal cual lo conocemos hoy en día).

La música era la música de nuestros días, corrupción entonces de aires andaluces, que hoy está sumamente adulterada.

Cantaban la cifra, el cielo, el fandango y el fandanguillo, composiciones todas más parecidas a la jota, el bolero y otras muy vulgarizadas entonces y hoy en la Andalucía.

Ya el malambo comenzaba a servir de torneo o palenque, en donde el paisano iba a disputar su gloria como danzante.

Gastronomia del Gaucho

El mate introducido del Paraguay, el churrasco y el cocido constituían los principales platos de su arte culinario.

Ya existían las yerras, las boleadas de avestruces y el salir a peludiar.

Aquella especie de gaucho era un gaucho cuyo tipo no volverá a existir. Valiente, atrevido y generoso, sacrificaba en aras de su lealtad hasta sus más sagradas afecciones.»

(Fragmento de Ventura Lynch, Folklore Bonaerense, año 1883. Las ilustraciones que acompañan pertenecen a los maestros F. Reily y E. Marenco. La ilustración de Reily pertenece al libro Pilchas Criollas de F. Assunşao, fuente de consulta ineludible.)

Semblanza del Gaucho Argentino

En la superficie imperceptiblemente combada de la tierra, la pampa habla de su inmensidad del espíritu del hombre, en el lenguaje mudo de la sugestión.

El serrano que sube o desciende por el sendero, canta; el ciudadano que va a pie cuadras atrás cuadras, silva o tararea; el gaucho que va tras de su arreo leguas y leguas por la pampa, enmudece, calla. ¿Qué fuerza misteriosa, o qué sugestión extraña es la que hace que el gaucho ante ese panorama inmenso de la pampa, se reconcentre en su espíritu, se abstraiga, y, tendiendo la mirada tranquila hacia el lejano horizonte, ande leguas y leguas al lado de sus compañeros, sin hablar, sin decir una sola palabra, sin sentir la necesidad de comunicar una impresión de algo que ocurra o vea su trayecto; sin desear «acortar o matar el tiempo», conversando?

El gaucho es sobrio en palabras y expresivo en sus dichos; «es de alma simple y de espíritu profundo». Es contemplativo e introvertido. Es necesaria la diversión o la lucha colectiva, como la guerra, para que sea expansivo, extravertido y barullero, pues, el alcohol mismo lo hará pelear o hablar, pero sin gran estrépito.

Después de una larga perorata que le hace un extraño a su medio, hablando una hora sobre diversos temas e instando el gaucho a contestar, sólo dirá una o dos palabras: «Ajá»; «vea, no»; «así ay ser»; «tá güeno»; «vaya a saber».

¿De dónde le viene el gaucho esa finura en el gesto y esa distinción en la actitud en el porte?

¿Dónde aprendió las reglas, y más aún, dónde y de quién adquirió el sentimiento de la caballerosidad, de la hidalguía y el pundonor? El gaucho de la provincia de Buenos Aires, blanco puro en su casi totalidad podría ser -y sin duda lo es, en realidad- heredero directo y genuino del caballero andante, del hidalgo y señor hispano, sin la corrupción que sufrió su otro heredero, el que se afincó en la ciudad Capital, y que el comercio, el contrabando, el cargo público y las prebendas le corrompieron y degeneraron el alma.